capítulo i · La Sangre de Cristo

“La envidia es la semilla del diablo.” (Io Sagenev)

Judas Iscariote no lo hizo tan mal. Nos hemos acostumbrado a verle como a un traidor evidente, simple y directo, pero la historia no siempre es como nos la han contado. Probablemente, ni siquiera fuera pelirrojo, como habitualmente se nos muestra en los lienzos de la Última Cena.

Realmente, la actuación de esa noche con sus hermanos estaba siendo soberbia, llena de matices, con intervenciones dignas del fabuloso Esopo. Aunque había confundido la bondad plena del hijo de Dios con una suerte de ingenuidad que quiso interpretar como ignorancia, los otros once apóstoles, entregados al Mesías, no sospechaban nada. Ni siquiera le prestaban del todo atención, compartiendo como uno más en la mesa. Entonces, un silencio espontáneo y devoto llenó la estancia. Jesús, cuyas palabras, desde hacía ya unos años, gozaban de la atenta admiración de quienes le escuchaban, más aún de quienes le amaban, comenzó a elaborar una solemne eucaristía que se convertiría en el rito más profesado de los siguientes dos mil años.

Todos sentían emocionados que asistían a un instante que les superaba, un gesto de amor eterno hacia los hombres que tenían la suerte de protagonizar. Jesucristo encarnaba la fe y la esperanza del pueblo oprimido y ellos asumían la responsabilidad de difundir su palabra, que era la de Dios Padre. Pero, de pronto, en la mente de Judas, en su cabeza, en su mismísimo cráneo resonaron en seco unas inesperadas palabras: “en verdad os digo que uno de vosotros me entregará.” ¿Cómo era posible que se planteara siquiera una sospecha? Nadie sabía que horas antes había acordado un intercambio muy conveniente porque se aseguró de que nadie le viera

>> EL PRECIO DE UNA TRAICIÓN

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