capítulo ii · Acoso y derribo

«Assum est, inqüit, versa et manduca»

Hoy arderá Lorenzo hasta los huesos. Lo que hasta ahora estaba siendo un largo viaje hasta Roma, se convirtió en una pesadilla mortal y sangrienta. Como una bestia ciega que agita sus fauces siguiendo el olor de su presa, el demonio, bajo la forma de un imperio civilizado, decidió acabar con todos y con todo. Tras más de dos siglos de clandestinidad, la Cristiandad fue por fin declarada enemiga eterna de un mundo abandonado de toda esperanza que la necesitaba más que nunca.

El leviatán había tomado conciencia de la amenaza y sus líderes debían ser suprimidos. Y así lo dispuso el emperador Valeriano, deteniendo y decapitando al Santo Padre Sixto II mientras celebraba la ya habitual eucaristía secreta en las catacumbas cristianas de Roma, el único refugio espiritual que hasta ahora el César había decidido obviar. En tres días murieron todos sus diáconos y apresaron al último de ellos, Lorenzo, a quien el propio Papa, consciente de su propia ejecución inminente, había confiado días antes la custodia de dos tesoros vitales. Uno de ellos, de inmenso valor material para los romanos, estaba formado por todo el oro, las piedras preciosas y demás alhajas que la iglesia había acumulado durante décadas para su propia subsistencia; sin embargo, antes de ser apresado, Lorenzo ya había conseguido repartirlos a contrarreloj entre los más pobres miserables de la ciudad. Pero el otro, el más preciado y por el que todos pugnaban, era de incalculable valor: junto a otras reliquias, envuelto en un vulgar paño desgastado, se encontraba el vaso sagrado de la Santa Cena, el símbolo más real de la historia de los hombres y la evidencia irrefutable de la existencia del hijo de Dios.

Desesperados por cumplir la ineludible orden de encontrar el cáliz, doce legionarios de la mismísima Guardia Pretoriana le torturaron con saña y odio hasta morir asado y marcado sobre el hierro de una parrilla. Aunque, sin saberlo, estaban forjando a fuego al mártir entre los mártires, el último eslabón que pudo cumplir su misión sagrada de mantener viva la línea, el secreto mejor guardado de la historia: horas antes ya había confiado el cáliz a Precelio, un soldado romano cristiano nacido en Hippo, la actual Toledo, a quien había conocido tiempo atrás en las reuniones cristianas secretas de la cueva de Hepociana. Su partida en secreto hacia Hispania fue inmediata, escapando de la blindada Roma a través de la vasta red de pasadizos que formaba las interminables, oscuras y húmedas catacumbas.

LA FUGA DE PRECELIO

Era su última noche en Roma y sabí­a que tras sumergirse en los cementerios prohibidos no volverí­a a ver la ciudad. Sus sandalias gastadas no volverí­an a pisar las radiantes y cómodas vías de la ciudad eterna, sino que, como metáfora de su servicio al pueblo de Roma, estaban completamente impregnadas del barro de las catacumbas de San Calixto por las que intentaba escapar.

Corrí­a como el potro desbocado que busca una salida, agotado y desorientado tras horas huyendo por pasadizos quebrados en todas direcciones.  Precelio era consciente de que sacaba ventaja a los soldados, aunque también sabía que en la superficie las distancias eran mucho más cortas, más todaví­a para los auténticos atletas que formaban la Guardia Pretoriana. No volverían a fallar y no dudarían en arrojar sus lanceas hasta cazarle como a un simple jabalí.

Hacía mucho rato que había consumido todas las velas y apenas veía unos centímetros al frente; tan sólo pudo meter cuatro finos cirios en un pequeño saco de tela cruzado al hombro en el que portaba el Santo Vaso. Aunque la adrenalina compensaba su miedo, a tientas por los ambalacros los tiempos se alargaban y su sentido de la orientación menguaba. Conocía bien los pasos subterráneos hasta la Cripta donde el Santo Padre solía celebrar las eucaristías más señaladas, porque los caminos de la fe son inexcrutables y en Roma el mundo Cristiano era desterrado al inframundo: defender tu fe en Dios era vivir oculto o condenado. Por eso, en el fondo, se sentía como pez en el agua y, por eso, sabría elegir el camino adecuado cuando llegase a la Cripta de los Papas.

Pese a toda la presión, en el fondo sentía una confianza contradictoria que le reconfortaba, una especie de compañía cálida que no sabía explicar, un instinto espontáneo que le enviaba señales claras: aunque no dudaba que encontraría el camino tras la Cripta una vez allí, se preguntaba qué o quien le haría comprender qué dirección elegir. Y lo sabría pronto, porque a unos diez metros de distancia, frente a él, pudo adivinar el tenue resplandor del lucernario que aliviaba las tinieblas de ese lugar sagrado…

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